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domingo, mayo 29, 2005

Auschwitz: motivos para la memoria

Una recorrida por los foros de la web y los textos de diversos sites, me ha hecho reflexionar seriamente sobre el error en que viví hasta ahora.
Yo creía, ingenuamente, que se había cometido una tremenda injusticia contra los judíos durante la segunda guerra. Y creía que dicha injusticia la había cometido el régimen nazi y, debo confesarlo, creía también que dicha injusticia fue…comprendida, ¿avalada? por alguna parte del pueblo alemán. Esto último siempre revulsionó mi conciencia democrática, por que hasta cierto punto esto suponía una agresión, una acusación a una comunidad, un pueblo, exactamente lo mismo que yo condenaba en el caso de la matanza al pueblo judío. ¿No estaba yo matando al pueblo alemán al acusarlo de complicidad con el exterminio a los judíos? ¿No era yo, no en acto aunque si en potencia un exterminador, un antigermánico, un propiciador de la “solución final al problema…alemán”?
Es por eso que, cautamente, guardaba esos sentimientos.
Lo innegable para mi era que un régimen político, el nacional-socialismo, había imaginado, planeado, ejecutado y ocultado la más cruel, masiva y discriminada matanza de la Historia. Un plan siniestro que condenaba a la muerte por gas, fuego, hambre, frío o fusilamiento y por el solo hecho de pertenecer a una etnia, a todos sus miembros: hombres, mujeres, ancianos, niños, enfermos o sanos, locos o cuerdos, buenos o malos.
Una afrenta que la Humanidad no perdonaría jamás.

Qué equivocado estaba, por Dios!
En realidad las cosas no fueron así, las cosas nunca son fáciles ni claras, ni evidentes, nos insinúan ahora los bienpensantes.

Primero. ¿Existió tal masacre? Me dicen que es casi un invento, un imposible técnico: dilapidar tantos recursos en un plan tan inútil para la marcha de la guerra de Alemania contra los aliados. Exageraciones creíbles porque, en efecto, los judíos habían sido objeto real de persecución en la Alemania de la preguerra y no gozaban de la simpatía del régimen. Pero de ahí a pensar en un plan de exterminio, hombre!...
Lindo argumento. Casi lo compro. Me imagino así a todos los primos de mis padres y sus hijos y nietos vivos, felices, en algún lugar de Ucrania o de Moldavia, algunos llamándose quizás como yo, Stefan Lijalad o Carl Mordcovsky. Decenas de familiares desconocidos pululan en Europa del Este ingenuamente, sin saber lo preocupados que estamos los primos americanos por su suerte. Algo tontos los tipos ¿no? Pudieron habernos avisado ( “Estamos bien, vivos, todas mentiras aliadas…”), pero seguramente perdieron la agenda con los teléfonos.


Segundo. Si realmente ocurrió,¿ por qué exactamente debe ser condenado el régimen nazi? Muchos ven la cuestión desde un punto de vista diferente. Veamos.
Todo crimen es condenable, incluyendo el que cometieron los judíos asesinando a Cristo, o los que cometen a diario contra los palestinos.
Toda muerte, todo asesinato es condenable, sigue el argumento, independientemente de la cantidad de víctimas. En ese sentido, los asesinatos nazis son tan condenables como cualquier matanza (los asesinatos de los norteamericanos contra los indios, de los holandeses contra los indonesios o , nuevamente, la de judíos a árabes).
Toda muerte violenta es igualmente condenable: por ejemplo la que cometen millones de mujeres abortando.
En fin, no hay nada especial en el exterminio a los judíos que organizaron los nazis; forma parte del aciago patrimonio de la humanidad.
Por otra parte, los judíos asesinando a palestinos no se diferencian en nada de sus victimarios de ayer, así que TODOS ESTAMOS A MANO. Lamentable lo de Auschwitz, pero no muy distinto a Sabra y Chatila.

Ni la cantidad de víctimas ni los motivos son, entonces, argumentos válidos para condenar a los nazis.

¿Será posible, interrogo yo tímidamente entonces, condenar el método?: ¿No parece especialmente cruel tomar a un grupo de familias, por ejemplo, de la comunidad judía romana, en 1944, separar a hombres de mujeres y niños, meterlos en vagones de carga sin ventilación; hacer que sus excrementos se acumulen los cinco días de viaje; bajarlos en una estación gritándoles órdenes en un idioma incomprensible; separar a los que bajan en viejos y enfermos, y hombres sanos; llevar a estos últimos a hangares de desinfección, marcarlos, raparlos y mandarlos a sus cuchetas, mientras sus mujeres y niños no sufren ninguna de esas vejaciones sino que son introducidos sin mayores explicaciones en unos baños públicos para darles una ducha de desinfección, que termina con sus gritos bajo la lluvia de gas que sale de los grifos? ¿No hay algo DISTINTO, esencialmente prehumano o extrahumano en el sistema, en su planificación meticulosa? (Imaginemos al ingeniero encargado del diseño de las duchas, al químico buscando la fórmula del gas que más rápido acabe la escena de las duchas, a los constructores pensando en el modo más veloz de deshacerse de cientos de cadáveres, en fin). ¿No hay algo parecido al mal absoluto en el reciclaje de los muertos: pelos para hacer colchones, grasa humana para jabones, dientes de oro para el Tesoro del Reichbank?


Son estas, claro, solo preguntas de un ignorante de los vientos que corren.
Cada pueblo- nos insinúan- tiene modos de expresión y defensa de sus valores. El liderazgo nazi interpretó que el sentir de su pueblo era la limpieza étnica de Europa y ejecutó ese deseo oculto de generaciones germánicas. En un contexto como ese: ¿podemos juzgar a Hitler con nuestros valores de occidentales actuales?
“¿Y por qué vamos a hacerle (nos grita Izquierda Unida de España) el juego a los sionistas imperialistas masacradores de los palestinos? Que conmemoren “ellos” los sesenta años de la liberación de Auschwitz.”

Guau. Confieso que estos argumentos me dejan casi sin palabras para contrarrestarlos. Suenan casi ciertos. El problema es que son tan inmorales como sus autores, divulgadores, exégetas o promotores. Condenan al ser humano a un destino letal, amargo, seco como las órdenes de un Kapo del Lander, un destino que no vale la pena ni imaginar. Ocultan un cocodrilo enorme y cruel detrás de decenas de pequeños cerdos y nos dicen: “¿ven? Somos todos iguales! Que vamos a hacer, quizás algún día el Hombre mejore…Mientras tanto no les quitemos a los neonazis el derecho a la libre expresión. Y que los judíos dejen de rascarse la herida, porque, como dice Saramago, “YA no les tenemos más simpatía por lo que les pasó”

Qué tonto, yo.
Sigo creyendo que Auschwitz no es una anécdota cruel, un exceso, el caso extremo de una conducta común y habitual. Creo que fue un resultado de dos mil años de prédica antijudía desde el púlpito, de cientos de años de consolidación de una cultura xenófoba en la Alemania “antiliberal”, nacionalista y conservadora; de cien años de búsquedas de “soluciones finales al problema judío”, de cincuenta de los siempre populares “Protocolos de los sabios de Sión”; y por último creo que Auschwitz fue producto de una decisión implementada por el movimiento “ nacional y popular ” germánico, con apoyo del pueblo en su conjunto, en un delirante ejercicio de crueldad masiva, eficiencia e hipocresía.
Recordar sin pausa, siempre, como una letanía el horror nazi no es hacer el juego a ningún otro horror: es prevenirse permanente y constantemente, saber señalar que donde no hay límites, la conciencia civilizada debe ponerlos; saber que un pueblo puede asesinar a otro, que un niño puede ser convertido en jabón en nombre del interés de una nación, religión, raza o ideología.
Auschwitz nos obliga a repensar los límites de lo humano, ni más ni menos. Auschwitz no "le pasó a los judíos" como pretende Saramago: nos pasó a todos.
Creo, para terminar, que hay valores universales y que estos valores no pueden ser suspendidos por causas ideológicas, por razones de estado o “para defender la Revolución”.
Creo en la vieja -¡ oh ingenuo!- Declaración de Derechos del Hombre de 1789 porque creo en el Hombre, como proyecto. No creo que sea un ser absurdo que vino a matar o morir en Auschwitz, o en un Gulag, un campo de muerte de Pol Pot, en Bagdad o en las hogueras de la Inquisición, en las Torres gemelas, o en un campo de refugiados de Gaza .
Vino a ser un pequeño dios, un creador de vida - hijos, ideas, bienes-, un constructor de cada instante de su paso por la vida, angustiado siempre por la muerte que le espera al final del camino, pero aun así con fuerzas para el optimismo.
Ideas antiguas las mías.

Boca 2 - River 1. Una desgracia nacional

Aclaro varias cosas: soy de River. Pero no soy hincha fanático. Hace treinta años que no voy a una cancha. Creo que la Patria Futbolera argentina es otra de nuestras vergüenzas : códigos mafiosos, barras bravas, aprietes, negociados, violencia, connivencia con ciertos políticos, machismo, racismo, chauvinismo, etc.
Pero, me gusta River. Fue mi referente en la niñez, con Carrizo, Labruna, Lusteau, Zárate, Ramos Delgado. Es el mejor equipo argentino, mirado en promedio: el más regular, aun durante los larguísimos años de la diáspora (17 años sin ganar un Campeonato) siempre estaba ahí: segundo o tercero.
Pero el tema hoy no es ese. Intentaré ser objetivo.

El futbol es una escenificación de fuerzas antagónicas, una sublimación de conflictos sociales o regionales (como Madrid vs. Barcelona), una representación colectiva del rango del teatro griego o los gladiadores en el Coliseo. No es simplemente once contra once.
Y para mucha gente, el fútbol es la única escuela de vida, la única narración que los saca de sus tristes vidas. No leen, no van al cine, ni la política ni los teleteatros les interesan. Carecen de narraciones, de héroes y de malvados en los que proyectar sus deseos, temores y esperanzas. Entonces: Boca, River, Racing: sus nombres repetidos por generaciones, evocan desde la infancia las verdaderas patrias por las que vale la pena sufrir, gritar o aun dar la vida: patrias inmediatas, con historias comprensibles, combates aun recordados, banderas y copas ganadas.
Y un Boca-River lleva este efecto cultural al paroxismo. El pais espera ansioso durante semanas y, durante semanas comenta el resultado.
Veamos el último:

Boca le acaba de ganar dos a uno a su eterno rival. La explicación gozosa de sus hinchas es: “jugamos peor que River, pero les ganamos, ¡eso es lo bueno!”. El peor le gana al mejor, confiesan los hinchas, regodeándose en la antiestética de un triunfo casual. Ganarles como sea: de casualidad, o por poner más corazón, o porque su público sabe presionar más. Una épica de la casualidad.
Este “como sea” rompe la (escasa) racionalidad de las cosas, cierta lógica que me permite entender las cosas del mundo. Boca demuestra que no se gana por jugar mejor, por tener mejor estrategia o mejores jugadores: se gana por suerte, por coraje, por voluntad.
La instalación de una “ cultura boquense” es la entronización de la causalidad, de la suerte (además del machismo-coraje) para aventar cualquier amenaza, para demostrarle a los “millonarios gallinas” –River- que la pobreza (de ideas, de planes, de conducción) le gana a la riqueza, un triunfo pírrico que solo se disfruta unas horas y se lamenta durante años. Y amenaza extenderse a otros ámbitos.
El culto a la mala calidad del equipo más popular – Boca- es un símbolo de un pais que destaca el antivalor: no estudies, no trabajes mejor, confiá en la suerte y hacete acompañar por tus amigos.
La pasión como sustituto de la calidad es una desgracia nacional, que este triunfo (o derrota) de Boca sobre River pone en escena, como “representación” , una vez más.

sábado, mayo 21, 2005

Tradiciones

Para la tradición occidental hubo un Principio, lo cual supone Historia. Pensar que hubo un Big Bang, una Creación, es dotar de un inicio a la realidad. Es suponer protagonistas (especies, estrellas, personas) que nacen y crecen: cambian, interactuan, y mueren.
Hay libertad, caminos hoy desconocidos, acción, riesgo, un final desconocido - feliz o trágico-. El Universo es como un escenario teatral.

La tradición oriental, en cambio supone un Universo eterno, cíclico, sin origen y sin final previsible. No hay historia, no hay eventos, solo reiteraciones infinitas del libreto de los dioses.
Solo hay doctrina. No hay logros, solo la contemplación de las fuerzas del destino en acción. El Universo es como un escenario ritual.

A pesar de todo, prefiero mi tradición occidental. Se nace , se vive, se elige - la libertad o las cadenas- y se muere. No hay ciclos, no hay renacimientos. Se debe aprender a vivir mientras consumimos nuestro limitado tiempo .
Se debe vivir esta única vida. No seremos mañana aves o alimañas Seremos lo que hoy dejemos como obra : una idea, un linaje, un recuerdo.

domingo, mayo 08, 2005

Las historias nunca contadas de mi abuela Mañe

Mi abuela Mañe no me contaba historias. O, mejor, solo una recuerdo. Como si esa sola, única historia hiciera redundantes las demás. Esa sola vale por toda la novelística del siglo veinte, quizás.

Era ella, caminando con su madre, en alguna plaza, en algún espacio abierto de su ciudad rusa, o ucraniana. Es 1905, y hay Revolución en Rusia. Ella tiene trece años. Y hay Revolución en Rusia.
Y cuando en Rusia hay Revolución, hay pogroms en Rusia. Y cuando hay pogroms en Rusia no conviene ser mujer, judía, ser chica y caminar con Mamá en alguna plaza. Menos cuando habiendo Revolución en Rusia, y habiendo pogrom en Rusia, siendo mujer, judía, niña y débil, se topa una con un cosaco. Los cosacos, esos hombres de a caballo, valientes y aguerridos, de vistosos uniformes, azules y dorados, pelo atado en trenzas, gorros de pieles, oros colgándoles de pulseras y collares, con esos bigotazos y esos uniformes cruzados de medallas. No conviene encontrarse con uno de ellos, cuando hay pogrom.
Uno de ellos, especialmente valiente y aguerrido las vio. Judías. Dos. Madre e hija. Caballo, montura, espada curva y a correrlas a las muy judías y revolucionarias.
Cuando hay Revolución en Rusia y pogrom, y te corre un cosaco, conviene no morir si una quiere llegar a ser abuela y contarle historias a sus nietos. Conviene, aunque una vaya a contar solo ésta, solo ésta que vale la pena de ser contada. Todas las demás se derivan de esta, si consigo que este cosaco no me mate o a mi mamá, que es como igual. ¿Qué hace una niña judía en Rusia, huérfana y sola? Corramos Mamá.
Las dos corren , María y su mamá. Corren, reciben pechazos del caballo, la espada zigzaguea ante sus ojos, gritan, lloran y consiguen al fin entrar en un zaguán o un portal y, temblando, esperan a que el cosaco, valiente y aguerrido, vaya por otras niñas judías y sus madres.

Ya pasó todo. Ningún problema: solo la urgencia de escapar de Rusia, de respirar en un pais sin cosacos, sin pogromos, sin revoluciones a medias que terminan con cosacos persiguiendo a una niña y a su madre. De ahí su única exigencia y frase repetida por décadas por la descendencia: “Tengo dos pretendientes. Estan bien, me dan igual ambos. El primero que me saque de Rusia será el elegido. Cualquiera de ustedes. Lejos, lejos de aca, se entiende? Lejos de cosacos y pogromos.”
Esa orden fue el corolario de la historia del cosaco. Su lógica continuidad. Nada importa, cómo sea, con quién sea, yo quiero escapar de este suelo que me manda un cosaco con espada a matarme a mi y a mi madre. Fue Yashe el afortunado que se la llevó a Buenos Aires.
De aquel episodio le quedó una mirada torva que la acompañó toda su vida, como si siguiera esperando un golpe de espada de cualquier lado, en cualquier momento. De ahí, seguramente, le quedó esa dureza, esa sequedad que tuvo siempre.
Que lejano todo, ¿no?: mi abuela y mi bisabuela perseguidas por un cosaco en 1905. Si la espada valiente del cosaco hubiera cercenado esa cabeza, hoy yo solo sería parte de la oscuridad, este texto no sería escrito ni leído y mi abuela hubiera muerto niña, judía, en el pogrom de 1905.

Por eso, mi abuela no me contaba historias. Para qué, con esta fue suficiente.

sábado, mayo 07, 2005

El viaje de Yashe

En la aldea donde nació mi abuelo Yashe, las cuarenta familias campesinas, el pope y las cuatro familias judías gozaban de una relativa alegría. Pero solo en los años buenos. Cuando el invierno apretaba bajo su helada tenaza las viejas casas de la aldea, haciendo que se congelara la saliva antes de tocar el piso, las cosas se ponían mal. Muy mal. El pope desempolvaba el texto de su homilía de Semana Santa, cuatro o cinco muchachones se declaraban dispuestos y se organizaba así un módico pogrom, destinado a aplacar las fuerzas diabólicas que enviaban esos fríos, manejadas por los representantes del Ante-Cristo en la aldea: las familias Levin, Jaimovici, Goldin y Elijavetzky. En ese trozo de la interminable estepa aquellos conspiradores trabajaban de consuno para hundir al campesino, pudrir las cosechas, infestar de mosquitos los veranos y de escarcha los inviernos.
Sin embargo, no convenía deshacerse para siempre de ellos. El sastre Moishe Levin hacía maravillas con los viejos taftanes; el boticario Goldin sabía mucho de hierbas y los otros eran buenos buhoneros, capaces de conseguir gracias a sus numerosos familiares y paisanos repartidos en toda la Gran Rusia, telas especiales para las novias, regalos exquisitos para las bodas y especias orientales exóticas para las grandes ocasiones.
En realidad no había que malquistarse ni con ellos ni con el Pope (al cual, según parece el Obispo le exigía de vez en cuando algunas “noticias”. A saber: “Hey, Boria, ¿hace cuanto que tus judíos engordan tranquilos? ¿No deberías hacer algo al respecto? Vamos no seas holgazán...”)
Así que nunca las cosas llegaban a mayores. Pero, a no dudar, a los judíos no le hacía gracia que cada cuatro o cinco años se desatara una pueblada en su contra, terminaran apaleados y, alguna vez, la sangre llegara al río.

Un invierno los vientos no dejaron de soplar del norte. Como nunca – ni los más viejos recordaban algo peor- la tierra parecía quejarse amargamente, gemir de dolor ante esa inclemencia. Las almas se cerraban, atenazadas, ahogadas en miedo y desesperanza.
En lo peor de ese frío, Aarón Elijavetzky llamó a su primogénito Jacob y le dijo que debería irse de la casa a buscar fortuna en la aldea vecina de Zviasta, donde vivía un primo.
- Eres el primero de mis ocho hijos. Tus hermanos son más pequeños y débiles que tú, Yashe. No tengo cómo alimentarlos. Tendrás que ir donde el primo Moishe, a ver si puedes trabajar con él en su venta de trapos.
Afuera, la nieve se congelaba apenas tocaba el suelo y el viento lastimaba todas las formas, que terminaban lisas y pulidas, amoldadas a esa fuerza incansable. Yashe tragó saliva, suspiró y se dispuso a partir con el carrero Isaiah.

Al anochecer llegó a casa de los primos y estos lo hicieron pasar. No era un buen momento. Estaban cenando en silencio, devorando sus viandas con devoción. Le rendían homenaje a la sagrada comida que los salvaba del frío y les daba ánimo para seguir en la vida.
- Ah, entra Yashe, ponte aquí, al lado del fuego para entrar en calor- le dijo Moishe-. Aaron me avisó que vendrías hoy.
Yashe no sabía si agradecerles el calor del hogar, que lo volvía a la vida o maldecirlos por no compartir la cena. Moría de hambre mientras olía los humos de la cocina (guefilte fish, imaginó) y su cuerpo agradecía ir descongelándose de a poco.
- Sabes Yashe- le dijo el primo Moishe- que somos muy pobres, que a duras penas podremos alimentarte y eso siempre y cuando nos ayudes a cargar trapos, a llevar pedidos a las casas de los campesinos, a hacer cuantos servicios puedas.
Al fin, alguien le dio un trozo de pan que devoró y así, vestido y sucio, durmió fuera de su casa por primera vez en doce años de vida. La garganta le dolía de llanto contenido.

***

Así, creo, comenzó su viaje por la vida el abuelo Yashe. Él no se quejó. Tomó todo lo bueno que la realidad le daba, aprendió todo lo que pudo y dirigió su vida. A los veinte años cruzó el mundo rumbo a la remota Buenos Aires, solo y sin un céntimo. Nunca le echó la culpa a los gobiernos, a los patrones o a su duro padre. Disfrutó de la vida.
Un único detalle impidió que su épica se transformara en gloria.
Le ganó al Zar, al hambre, las guerras, los mandatos familiares, al viejo antisemitismo rural, a la ignorancia, pero nunca pudo con Mañe, su mujer. Dura y seca como las estepas rusas, lo compañó con su queja hasta el último momento.

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